Siendo parte del colectivo LGTB, creces asumiendo que hay ciertas cosas a las que no vas a poder acceder. Según vas creciendo, te das cuenta de que hay espacios y oportunidades que parecen cerrarse por completo por el simple hecho de ser como eres. El deporte es uno más de estos terrenos a priori impracticables para nosotros, un lugar hostil donde todo nos recuerda que no pertenecemos a él. Los comportamientos heteronormativos parecen ser la regla a seguir si quieres encajar. Y, si no puedes (o no quieres) hacerlo, la otra opción siempre ha sido quedarte fuera.
Para mí, apuntarme a las puertas abiertas de Madrid Titanes ha sido como darle un abrazo al niño que fui, que se sintió excluido del deporte, y que pensaba que nunca podría sentirse cómodo practicándolo.
El primer día llegas al campo con nervios… y media hora antes, no sea que llegues tarde. Llevas desde el día anterior preparando todo lo que necesitas: ropa deportiva, unas zapatillas viejas que guardas desde no sabes cuándo, y tu mejor cara para aparentar normalidad. Empieza a llegar gente, y te da un poco de miedo hablar con ellos, lo normal al estar en un sitio que te es extraño. De repente llega una persona pequeña y de pelo castaño rizado, y te pregunta: “Oye, ¿cuáles son tus pronombres? Estamos repartiendo pegatinas para que nos las podamos poner, y que todes nos sintamos cómodes”. Y desde ahí, todo empezó a ir bien.
Empieza el entrenamiento. Nos recibe Raquel, la directora deportiva, y la que se va a convertir en nuestra entrenadora por las próximas dos semanas. Tras una explicación rápida de qué es exactamente el rugby, y las diferencias entre rugby XV y rugby touch, empezamos a entrar en juego. Entre ejercicios de pases, juegos de agilidad y de coordinación, nos intentamos aprender los nombres de todos los que hemos venido a las puertas abiertas. Parece mentira cómo unos juegos pueden hacer que uno pierda la vergüenza tan rápido. Según van pasando los días, las inseguridades se van disipando. Te sorprendes realizando juegos cada vez más complejos. Ya sabes entrar en posición de defensa, de ataque, pasas para atrás casi sin pensarlo demasiado, y por fin sabes cómo se llaman todos tus nuevos compañeros, que durante estos días se han convertido en tu apoyo en el campo. Aunque quizá lo más satisfactorio fuera anotar un ensayo en un pequeño simulacro de partido. Supongo que así se debe sentir un niño al marcar un gol en el patio del colegio.
Una vez termina el entrenamiento, te vas a casa muy cansado, pero sobre todo, contento por haber probado algo nuevo. Algo que te asustaba en un principio, parece no ser tan terrible cuando lo haces en un ambiente seguro para ti. Cuatro días han dado para mucho, desde luego. Cuando nos preguntan si nos vamos a apuntar al equipo, la respuesta me resulta más que evidente. Así que bueno, digamos que nos vamos a estar viendo en los entrenamientos que nos quedan hasta final de temporada.
Solo queda una cosa para acabar bien el entrenamiento:
“Un, dos, tres… ¡Titanes!”
Mi primera vez en Titanes